sábado, 30 de abril de 2016

Caleidoscopios

                                 Hola amigas:
                                 Ésta labor es el resultado del CAL realizado por Gisela de Yarnilandia para el mes de Abril. Si quereis ver los preciosos caleidoscopios de todas las participantes pasaros por su blog vereis qué variedad.
                               A parte de poder elegir colores a voluntad había una particularidad bastante inusual y que yo nunca había tejido. Se trataba de tejer una mandala como ésta en sentido contrario a lo que viene siendo normal. Es decir, que en vez de tejer de dentro a fuera, debía ser de fuera hacia adentro, como se observa en la imagen.  
                               El revés queda estupendo a pesar de los cambios de color, aunque lo bonito es el derecho. Como es lógico hay infinidad de combinaciones. 
                               El caleidoscopio más pequeño lo he destinado a forrar la  tapa de una caja cilíndrica.    
                               Una cajita para labores, múltiples usos, pero quedará para colocar girándulas o similares que requiera la labor, a medida se vayan haciendo.  
                               Tiene los mismos colores que el cojín realizado hace dos años. Los tengo en el cuarto de costura, así hacen juego. 
                               De ésta manera decoran, alegran la vista y tienen utilidad.

                               Aprovecho la ocasión a fin de desear un feliz día de la madre para todas, las que sois y las que vais a ser. Un abrazo virtual.      
                                                                 Nita.



                               



 

lunes, 25 de abril de 2016

Sket Zulú 3

                                                        Éste Sket, ya debía haber salido, pero ya sabéis qué pasó, espero que os entretenga y lo disfrutéis.
                                                                SKET 3


                                         Llevar todo el día echado a la bartola es lo más común y natural en perros y gatos.  Al sol, en la sombra, bajo una silla, encima de ella… cualquier lugar es bueno para ellos. Ahora mismo en el jardín, entre sol y sombra las cuatro patitas de Zulú descansaban arropadas por su propio cuerpo. Como amante de la música había tratado de interpretar con su bajo alguna composición, pero su mente no lograba concentrarse, lo retiró y dejó de lado para otro momento más propicio. La naturaleza le llamaba con más fuerza. Al calor y la quietud hacían que de vez en cuando cerrara los ojos, no de sueño, si no de aburrimiento.
                                        A pesar de su afinidad a los ruidos vio, antes de oír, moverse una flor, no hacía aire y seguro que no estaba bailando, no conocía que las flores bailaran, por mucha música que tocasen a su alrededor.
Fue su instinto, su más puro instinto, vivo en todo momento, el que reaccionó saltando a la flor viviente. Al mismo tiempo que sus patas se posaron en tierra, saltó en vertical un ratón. No es que fuera volador, si no que del susto se había impulsado hacia  arriba como si del columpio de tabla infantil  se tratara. Susto y rápida huída, porque el peligro era tan inminente como que sus patas podían correr. A decir verdad le faltaba patas porque no corría lo suficiente rápido como su perseguidor. Si éstos animalitos sobrevivían a imprevistos como éste era más bien debido a su astucia, no a su velocidad. Constituía toda una odisea burlar a intrépidos cazadores que se afanaban con frecuencia en sitiarlo.
                                        Corrió buscando posibles escondrijos que le permitieran organizar  un plan, pero ninguno a la vista.  Mientras, correr en cig zag era el método que mejor requería la ocasión.
     -¡Eh! pequeño roedor para un momento.
     -Ya, eso quisieras.
El ratón se escabulló por el frondoso follaje y paró un momento en un recoveco de corteza de árbol. Se dio un respiro y sólo sacó su cabecita para ver al monstruo que le hablaba.
     -Para un momento, ratoncito, quisiera comentarte algo.
Sin exponerse demasiado le contestó firmemente.
     -Has de saber que yo no hablo con extraños y menos con los de tu pelaje.
     -Pero siempre hay una excepción ¿No? – Dijo el gato- Vamos, sal, me encantaría jugar contigo, he tenido una mañana bastante aburrida y no tengo compañero.
     - Pues si estás aburrido te vas al circo, chico. Allí se divierte uno.
      Dicho esto, el ratón volvió a su carrera inicial, pero Zulú sin darle alcance, siguió intentando no perder su atención.                 
     -Ni se me había ocurrido, pero sí podríamos jugar a un  juego interesante.
El interpelado a penas paró un instante para contestar:
     -¿Sabes? No me inspiras ni pizca de confianza.    
     -Es igual, sólo vamos a jugar.          
     -¿Conmigo, tú jugar conmigo?  No hablarás en serio.
     -Claro que sí, pero bueno, jugar al ratón y al gato también me gusta.
     -¡Huy! un juego muy cansado mejor te tomas un baño de sol. A los gatos os gusta mucho.
Y volvió a escabullirse entre la hierba  alejándose un tramo más.
     -¡Eh! y cómo sabes tú eso.
     -¡Ah! lo he oído por ahí.
Como de fiarse era sólo un cuento, apretó a correr todo lo que pudo  aprovechando la ventaja que le proporcionaba la maleza.  

     -Mira, ratón, si quisiera ya te habría cogido pero esa no es mi intención.
     -¡Ja! Lo que pasa es que no puedes agarrarme porque soy más rápido que tú.
     -No es eso pero… si te parece hacemos una carrera, sabríamos quien corre más.
      -No. No, - dijo con una risa forzada, aunque el gato no lo vio - no me interesa.
El ratón estaba llegando a un punto donde ya no podría esquivar a su perseguidor. Se encontraba en total descubierto, sólo podía subir a una palmera cercana, como tabla de salvación. Rápidamente se encaramó a ella esperando que fuese una dificultad para el gato, pero nada más lejos.

     -¿Por qué no paras un momento y hablamos?  
     -Yo no tengo nada que hablar contigo ¿Es que no lo entiendes?
     -Sí, hablamos el mismo idioma, pero estoy tratando de que no desconfíes tanto de mí.
     -Pues tío, lo tienes difícil porque no me gustas ni un pelo.
     -Ya veo. ¿Y si te dijera que yo no soy como los demás gatos?
     -No, ¿Eh? Qué, ¿Que en vez de pelo tienes pluma? No me digas que eres de la acera de enfrente.
     -No, no van por ahí los tiros – qué paciencia, he de tener, pensó el gato-  Dime, ¿De qué me tienes miedo? O mejor dicho ¿Por qué me tienes miedo?
El ratón puso cara de pensar, porque pensar precisamente pensar, no se había puesto nunca a pensar del por qué huía. Pero claro, saber ¡sí que lo sabía!
     -Porque no me gustaría que me hincaras el diente ¿Sabes? Aprecio mi piel más de lo que tú puedas imaginarte.
     -Pues ahí tienes la diferencia, yo no le hinco el diente a ningún ratón.
El ratón  se figuró que éste gato tenía más cuento que la colección completa de Charles Parrault.
     -¡Ya! Y tú quieres que yo me lo crea… Pues fíjate que NO.
     -Es comprensible, sí, lo comprendo. Pero te aseguro que llevo buenas intenciones, sólo pretendo jugar un rato.
Últimamente  ratón se dio cuenta que estaba pensando mucho, pues pensó que el peludo ese, esperaba la primera oportunidad, la única seguramente, para engancharlo. Y desde luego no le iba a dar el gusto. 

     -Mira, coges unas canicas, las haces rodar y vas tras ellas una a una, seguro que te diviertes hasta el desmayo.
     -Qué ingenioso, pero no. Es más divertido una canica como tú.
     -Claaaaaaro, ¡Cómo no! solo que yo no estoy disponible, ¿Sabes? Me esperan en casa y no puedo entretenerme, así que aligera.
Si algo caracteriza a los gatos es su paciencia. Tan sólo necesitaba tocar una fibra sensible para llevarlo a su terreno. Lo malo es que no lo conocía de nada y el tema requería tiempo.
     -Qué lástima mandón, si no tuvieses prisa igual podía dedicarte una melodía con mi bajo.
     -Halaaaaa, ¿Sabes música?
     -Pues sí, he dedicado parte de mi vida a aprender, aunque últimamente la tengo un poco olvidada.
     -Qué coincidencia, mi abuelo también era músico.
     -¡Vaya! Qué bien. ¿Qué instrumento tocaba?
     -En navidad tocaba divinamente la pandereta.
Zulú estuvo a punto de soltar una carcajada y el movimiento le hizo casi  perder el equilibrio, pero se contuvo a tiempo para no alarmar al ratoncillo. Cuando pudo hablar  le contestó:
     -Bueno, es un instrumento muy navideño además de emplearlo también en las tunas.  -Se clavó las uñas al costado para no tirarse al suelo de la risa-   ¿Aún vive tu abuelo?
     -Pues no lo sé. Ni idea de por dónde anda. Igual que mi madre que la estoy buscando. Así que lo siento pero tengo que irme.
Y dicho esto, bajando por el lado opuesto del tronco por el que había subido, se deslizó a todo correr. Desde la altura había divisado un perfecto refugió bajo una gran piedra, allí tendría el sosiego que necesitaba. Al menos hasta asegurarse que el peligro pasara.
Zulú muy tranquilo y sin prisas bajó también y se dirigió hacia su presa. Ya tenía lo  que necesitaba.
     -Ahora que pienso es posible que yo sepa dónde está tu madre.
     -¿Sí? – Desde donde estaba el ratoncillo no podía ver al gato pero lo oía perfectamente. Éste siguió hablando fuerte para que lo oyera bien.
      -Es muy probable. A veces aparece por aquí alguna rata, de campo,   pero la que vi era diferente a todas. La verdad es que… se parecía a ti.
El ratón escuchaba manteniendo la respiración, ni se atrevía a preguntar. Zulú después de la deliberada pausa prosiguió su narración.  
     -No pude hablar con ella porque se fue muy pronto, pero estaba muy alegre y contenta.
     -Uffffffffffff. Respiró el ratón. Se había temido lo peor. Siguió ya intrigado escuchando la perorata del gato.
     -¿Sabes? Tienes suerte de tener a tu mamá y poder vivir cerca de ella dándote alivio y calor. A mí me hubiera gustado conocer la mía, pero las circunstancias no lo permitieron.
A ratoncito le pareció notar un tono de tristeza en su voz y se atrevió a asomar la cabeza  para preguntar.
     -¿Tú no tienes mamá?

  No, no he tenido el  amor de una mamá.  Lo cierto es que - prosiguió Zulú –   nací entre lanas hilos agujas y ganchillos. Por cierto en compañía de música. Me encontraba muy a gusto en aquel ambiente acogedor.
El cuerpecito del ratón ya estaba fuera del escondite, entregado al relato, centímetro a centímetro se aproximaba cada vez más a Zulú.
     -Entonces estarás triste.
Llamaba la atención la ternura del pequeño ratón.
     -Por una parte sí, pero en realidad estoy acostumbrado y no me afecta su ausencia. De haberla conocido y luego perdido, sería distinto. ¿Comprendes?
El ratón ya  empezanba a subir la piedra donde quedaba  Zulú aunque todavía a una distancia prudencial.
     -Sí claro. Creo que sí. Pero entonces ¿Cómo lo has conseguido?
     -¿El sobrevivir? Bueno tengo la suerte de contar con un ama, que me cuida, alimenta, me lava, bueno, esto no me gusta mucho. Pero estoy muy contento, me deja hacer casi siempre lo que quiero y ahora encima, en vez de tenerme en un cajón me lleva a correr aventuras. ¿Qué te parece?
     -Suena muy bien. Pero dime una cosa – queriéndolo o no, el ratón ya estaba prácticamente al lado de Zulú - ¿Es verdad que has visto a mi mamá?
Zulú no hizo ningún movimiento extraño que pudiera asustarlo, hablaba lenta y tranquilamente, mirando al frente.
     -Pues no estoy muy seguro, pero se parecía un poco a ti. Era grande, de piel muy suave, con ojos saltones y un rabo largo.
     -¿Te fijaste por casualidad si llevaba dibujitos en el lomo?
     -Pues ahora que lo dices sí y unas orejas grandes, muy grandes.
     -Siiiiiiiiiiii, esa es mi mamá.
El roedor se puso todo contento y eufórico, dio dos vueltas sobre sí mismo de la alegría, saltaba y reía. Pero de pronto paró en seco, se quedó mirando al gato que curiosamente tenía la vista perdida, como si estuviera… pensando. Con mucha cautela ladeó la cabecita para  buscar y observar esos enormes ojos gatunos y preguntó casi con miedo.
     -Eh… ¿Sabes por casualidad, dónde se encuentra ahora?
     -¿Qué? ¿Quién? - La pregunta sacó a Zulú de su ensimismamiento.
     -Mi mamá, claro - dijo el roedor empezando a ponerse pálido.
     -Ah sí, tiene una casa y tengo entendido que está cuidada.
     -Entonces por qué……
     -Quedé pensativo, no me hagas caso, es sólo que recordé  el momento en que la vi – el ratón estaba todo expectante - he de confesar que tuve casi miedo.
La cabecita ratonil tardó un poco en reciclar la información para enseguida estallar en una risa por la que debieron oírla en varios kilómetros ratoniles a la redonda.  Todo el nervio y temor contenido salió hacia afuera en forma de estallido carcajeante.  Cuando su cuerpecito dejó de convulsionarse, el gato comentó muy tranquilo.  
     -Sí, es de risa ¿Verdad?  
     -No me lo puedo creer, No es posible  que tuvieras miedo  ¿De mi mamá?
     -Aunque no lo creas – respondió tajante  - las ratas nos imponen respeto y no todos los gatos son capaces de hincarle el diente, como tú dices.
     -Vaaaaaya, eso no lo sabía. Entonces qué pasó.
     -No mucho, la verdad. Era grande, lustrosa, imponía. Pero mi ama la mimaba y se la entregó a una niña que se alegró tanto con ella que se la llevó.
     -¿A un humano? -  Las orejitas ratoneras se pusieron alerta y sus ojos saltones se abrieron más si eso era posible.
     -Sí, pero no te asustes. Has llegado a la tierra prometida, chico, aquí se trata a todos los animales… no te voy a decir a cuerpo de rey, pero puedo asegurarte que apenas tendrás preocupaciones.
     -Entonces crees que puedo encontrar a mi mamá.
     -No lo creo, estoy seguro. Sólo hay un peeero pequeñito.
     -Cuál, cuál es ¡por favor!
     -Pues, vas a estar con otros animales, como, leones, osos, elefantes
Ratón no dejó que terminara de nombrar la lista.
     -Ja, ja ¿Elefantes? esos tienen miedo a los ratones.
     -No hagas caso a esos chismes, por si acaso, no obstante teniendo a mamá al lado no te va a costar nada integrarte con todos ellos.
     -Entonces, ¿Puedes decirme cómo llegar hasta ella?
     -Voy a hacer algo mejor que eso. Voy a facilitarte el acceso directo con la niña que te llevará junto a tu madre.
     -¡Yupiii! Te agradezco mucho el interés que te tomas conmigo. ¿Cómo puedo devolverte el favor?
Zulú, ya lo sabía, pero se rascó un poco el hocico teatralmente, como pensando, para decir después.
     -Como te dije, deseaba jugar un poco, qué te parece, ¿Te fías ya lo suficiente de mí como para jugar?
     -Siiiiiiiiiiiiiii. ¡Yupiiiii!
Nuestro ratón empezó a saltar y dar vueltas como queriéndose coger la punta del rabo. Paró un momento y se abrazó a Zulú.
     -Gracias, gracias amigo.
Zulú estaba  turbado por esa muestra de cariño. Lo abrazó dulcemente y lo atrajo hacia su cuerpo dándole un minuto de descanso.
     -Ven siéntate aquí un poquito conmigo y dime…

A penas unos segundos se sentaron cuando de repente empezó a correr a toda velocidad.
     -¿Pero a dónde vas?
Ni siquiera contestó, llegó hasta una pequeña oquedad donde había escondido un pequeño hatillo enganchado con un palo, de forma que lo pudiera llevar fácilmente al hombro. Tomó el camino de vuelta y cuando llegó al lado del gato desató el bulto. Con gran parsimonia sacó un sombrero y una pajarita. Y casi con devoción se colocó ambos complementos en su lugar añadiendo:
     -Quiero estar guapo cuando me vea mi mamá.
     -Ja,ja,ja. Está bien, ratón presumido. Venga, te dejo elegir el juego.
     -Ji, ji, ji, ji me encantaría deslizarme por un tobogán. Uuuuuuyyyyy
Zulú sonreía de ver la alegría que su exquisito bocado, soñado en otros tiempos, se expresaba tan grácil delante de sus ojos.
     -Pues eso está hecho. Sígueme, te llevaré a un tabloncito que hay bajo el nisperero.    
     -No – repuso el ratón – Verás, hay unas ramas de hiedra que vi ayer muy propicias para deslizarse, me parecen espectaculares.
     -Pero… las ramas de hiedra están muy altas para ti. No querrás desnucarte. ¡Digo yo!
     -No pienso semejante cosa, ¿Ahora te preocupas por mí?
     -Caramba, sí. Por si no te has dado cuenta no soy tu enemigo.
     -Qué simpático me caes gato. Ven - y enfiló camino adelante.
Zulú dio un bufido. No pudo evitar hablar por lo bajini.
     -¡Jo! Qué rápido aprendemos. Ahora el ego se le ha subido a la cabeza.
     -¿Qué dices?
     -No nada que nos vamos a caer de cabeza.
     -Nada de eso, puede que de culo, pero nada más.
     -Y grosero.
     -¿Qué?
     -Digo, que menos mal que  no es un limonero – dijo alzando la voz.
     -¿Qué pasa con los  limoneros?
     -Caray, si se te ocurre deslizarte por ellos íbamos a acabar como el pájaro espino. O no sabes que los limoneros tienen púas. Atravesarían tu  cuerpo entero.
     -¡Va! deja de murmurar que nos vamos a divertir.
Zulú no estaba muy seguro, pero la invitación a jugar era más fuerte de lo que deseaba aparentar.
El ratón empezó a trepar por una intrincada tela metálica, fue por detrás del espeso ramaje, hasta toparse con una larga rama que se mecía suavemente al viento. Zulú esperó a que el ratón decidiera el lugar,  él tan sólo con dar un salto sería suficiente para llegar al mismo punto.  Cuando observó la rama de su elección, de un salto se puso tras el motivo del juego y calibró la altura a la que estaban.

     -Esto está muy alto para ti ratón.
     -Un poco, pero hay que darle emoción al juego ¿No te parece?
     -Me parece que has elegido un juego peligroso.
     -Pero bueno, ¿Ahora te vas a rajar?
     -Lo digo por ti. Hay mucha pendiente y mucha altura.
     -Deja de inquietarte y prepárate. Yo salgo el primero.
Con el deseo de casi volar ya estaba a punto de saltar cuando...
     -No te atrevas, espera.
     -¿Y ahora qué pasa?


     -No te muevas mucho que nuestra posición es muy precaria y el viento mueve tanto la rama que  puede tirarnos a los dos. 
     -Jolín,  agárrate a una hoja como hago yo.
     -La hoja no es suficiente fuerte para  mí, yo peso más.
     -Vale, yo me quedo quieto, mientras, tratas de agarrarte a la rama colgándote y cuando yo salga, subes de la rama y te tiras tú.
     -No estoy de acuerdo. Si me cuelgo de la rama bajará tanto que  casi se pondrá en vertical y tú en vez de deslizarte caerás recto, de golpe.
     -Vaya, eres un gato miedica,
     -No, soy un gato precavido. Mira, aunque yo caiga no puedo hacerme daño,  tu sí.
     -Pues qué rarito eres ¿Tienes síndrome de goma o qué?
  No a las dos cosas tonto, ¿No sabes que los gatos caemos siempre de pie? es más difícil que nos rompamos un hueso. En cambio tú puedes lastimarte o salir lisiado.
     -Ja, ja, ja, que joío, entonces ¿Los pies y patas no pueden romperse? 
     -Bueno dejémoslo, no vamos a  discutir todo el día. Haremos una  cosa y no admito un NO. Vamos a deslizarnos los dos a la vez, tú te agarras a mí y yo te sujeto por detrás.  Antes de caer he de soltarte para aterrizar con mis patas, así no recibirás ningún golpe. Eso sí asegúrate de no soltarte hasta que estemos en el suelo. ¿De acuerdo?
     -Vale. De acuerdo.
     -Bien, pues allá vamos.

     -¡¡¡¡¡Yupiiiiii!!!!!                     ¡¡¡¡¡Huuuuuuuyyyyyyy!!!!!
Una delicia para  el ratón. Todo perfecto excepto cuando  Zulú tocó el suelo. El ratón salió disparado de entre sus patas y rodó delante de él hasta quedar sentado frente al gato. Éste debido a la fuerza con que salió el ratón también quedó medio sentado en el frío suelo. Los dos se miraron por un instante y Zulú preguntó
     -¿Estás bien?
     -Sí - fue la respuesta escueta.
Y los dos se echaron a reír convulsivamente una vez  descarganda  toda la adrenalina.
     -Hacía tiempo que no me reía tanto.
     -Ni yo – dijo el ratón todavía riendo.
Los dos amigos se sentaron juntos unos minutos intercambiando la amistad encontrada, antes de emprender el camino al destino que le esperaba al roedor.

Bueno te voy a echar de menos cuando te vayas ratón.
     -¿Volveremos a vernos?
     -No sé, pero no hay nada imposible y menos en éste mundo en que vivimos. Por cierto ¿Cómo te llamas?
     -Rufo. ¿Y tú?
     -Zulú. Espero que seas muy feliz al lado de tu mamá.
     -Ahora me pone triste dejarte – Rufo lo decía de veras.
     -Pues no lo estés. Vas a estar con tu mama y tendrás muchos amigos con los que jugar, te aseguro que vas a estar muy bien.
     -Y tú ¿Puedes venir conmigo?
     - No Rufo, tengo una misión que cumplir aquí. Pero quizá podamos reencontrarnos otra vez, quién sabe. Ahora, ven, acompáñame y te diré qué tienes que hacer.
Los dos se encaminaron a la casa grande, Zulú esquivó a un perrazo que andaba siempre merodeando el patio y atravesó dos puertas entreabiertas.                    
     -¿Qué tengo que hacer Zulú?
     -La verdad, nada. Te voy a dejar en un lugar donde te vea mi ama y a partir de ahí tendrás el pasaporte seguro a donde está tu mamá.
     -¿Estás seguro?
     -Seguro no, segurísimo.
     -Pero cómo lo sabes
     -Porque siempre es lo mismo Rufo. La niña se lleva a los que aparecen por aquí a un país mágico que solo ella conoce. Créeme, por lo que yo sé nadie que lo conoce quiere volver.
Llegaron a un gran salón donde lo ayudó a subir a una silla.
     -Estoy nervioso Zulú.
     -No hay por qué, yo estoy aquí a tu lado y no va a pasar más de lo que te he contado. Nos separarán pero eso ya lo sabemos también.
Allí esperaron un momento más hasta que la dueña de la casa apareció.
     -¡Oh! Aquí está el ratón, creí que lo había perdido. Lo colocaré en el mueble y mañana se lo daré a mi nieta. Y tú Zulú a descansar.
Zulú le giñó un ojo a Rufo y éste hizo un ademán de complicidad con una cálida sonrisa.   

                                                      El ratoncito hace tiempo que ya ocupa un lugar en el mundo mágico de mi nieta, junto a su mamá, así que debe estar muy contento.
                                                                                  Sed felices.
                                                                                                Nita.